La Marcha Paralela (2012)

2012: BICENTENARIO DE LA MARCHA PARALELA

La llegada de un año nuevo siempre trae consigo las consiguientes ilusiones sobre un futuro prometedor en el que imaginamos proyectos y tareas que esperamos ver cumplidos, pero también ciertas inquietudes ante lo que nos puede deparar un futuro que siempre se nos muestras vestido con el traje de la sorpresa y la incertidumbre.

Para los jariegos, el año que acabamos de comenzar, nos traerá, entre otras actividades, el de llevar a buen término la conmemoración del Bicentenario de La Marcha Paralela. La efemérides, lejos de amedrentarnos o encogernos, debe servir como acicate para reivindicar nuestra historia más reciente y para poner sobre la mesa nuestra capacidad organizativa y de participación a todos los niveles.

Con la experiencia que nos dan las tres recreaciones históricas llevadas a cabo hasta el momento (2006-2008-2010), afrontaremos el Bicentenario con la responsabilidad mostrada en anteriores ediciones, insistiendo en la importancia que tiene la participación masiva de todo el pueblo.

EL PREGÓN DE LA IV RECREACIÓN

Ele día 20 de julio, en Castrillo, como parte de los primeros actos de la IV Recreación de La Marcha Paralela, Juan Manuel Rodríguez Iglesias, un gran conocedor de la comarca y de sus costumbres, leyó el pregón inaugural. A continuación podéis leer aquí el texto de dicho pregón:

LA OTRA MARCHA PARALELA

Gentes de la Guareña: La historia nos convoca. Hoy se cumplen 200 años de la Marcha Paralela por el río Guareña. Hace dos siglos, un río pequeño separó dos grandes ejércitos. Dos grandes ejércitos, dispuestos y en tensión, estaban preparados para enfrentarse.

En este pueblo zamorano de Castrillo, y después en Cañizal, estuvieron a punto de iniciar una gran batalla, que finalmente se llevó a cabo en Los Arapiles salmantinos. Pero aquí se contuvieron, y se fueron mirando amenazantes a lo largo de un río, que si en aquel momento no se hizo muy famoso, lo estamos haciendo ahora: el río Guareña.

No era largo como el Tajo, ni caudaloso como el Ebro. Tampoco era profundo como el Duero, ni navegable como el Guadalquivir. Era solo una ribera, una guareña. Así lo describe el romance de la Marcha Paralela, recitado y compuesto por el vate zamorano Luis Miguel de Dios, que inmortalizó al río y a su marcha hace un año:

Y en 1812,

cuando el sol de julio aprieta,

y con sus rayos calcina

sembrados y rastrojeras,

cuando calor y bochorno

son presagio de tormentas,

con la Guareña por medio,

dos ejércitos se observan.

Solo el río los contiene,

solo sus aguas lo frenan.”

La épica del acontecimiento engrandece y ennoblece a este largo y estilizado afluente del Duero.

El Guareña fue testigo de la tensión de dos grandes monstruos articulados, serpenteantes y alargados como él: el ejército aliado (ingleses, portugueses y españoles) y el ejército invasor francés.

En medio de la tensión y la fuerza contenida, en medio de augurios de aniquilación y de muerte, todavía al mariscal francés le salió una vena estética de admiración al decir:

Nunca he visto un espectáculo tan magnífico como la marcha paralela de dos ejércitos de 50.000 hombres tan cerca uno del otro“.

Porque de Castrillo a Olmo, y de Olmo a Vallesa, las columnas de un ejército observaban el polvo que levantaban las columnas del otro. Y las alas de caballería de ambos ejércitos se vigilaban y marcaban, a tan solo cien metros. Dicen que si los oficiales de caballería se llegaron a saludar cortés y gallardamente, tal vez retándose para cuando gustara el contrincante.

En el mes de julio cada soldado sufría el calor bajo su acartonada casaca. El peso de la impedimenta lo hacía todo más insoportable, y los altos gorros que querían asustar a los enemigos, aparentando formar columnas de hombres gigantes, eran en ese momento estrechas chimeneas taponadas que llenaba de sudor sus cabezas. ¿Qué pensarían aquellas cabezas calientes y estresadas por la situación? ¿En la gloria que pudieran alcanzar en la contienda que se avecinaba, en la soldada que recibirían si ganaban la batalla, en el saqueo del último pueblo que habían dejado atrás, donde solo encontraron unos céntimos en los vacíos arcones de la iglesia y unas velas amarillas y sucias, casi gastadas, para alumbrarse por la noche…? ¿En qué pensarían aquellos soldados que marchaban paralelos al destino que sus generales y oficiales iban a decidir?

Traemos a la memoria de nuevo lo que narra el ya famoso y clásico romance de la Marcha Paralela:

Cien mil soldados, cien mil,

van entre Olmo y Vallesa,

abrasados por el sol,

asfixiados por la tierra.

Cien mil soldados caminan

siempre en Marcha Paralela”.

Gentes zamoranas, leonesas, astorganas, vallisoletanas, salmantinas y de donde hayáis querido venir: La historia nos convoca de nuevo este año de crisis, como aquel también lo era.

Y nos convoca a recordar OTRA MARCHA PARALELA.

Porque en la historia siempre hay otra marcha paralela.

El acontecimiento que hoy celebramos, y vamos a rememorar, es una espléndida metáfora de la historia misma. En ella también hay una marcha paralela:

Por un lado están los hechos relevantes, a los que llamamos históricos, son los hitos que marcan la cronología de una nación, aquellos que de algún modo cambian la situación vigente.

La sublevación del dos de mayo en Madrid, la batalla de Bailén, la batalla de Arapiles, todos en esta Guerra de la Independencia que recordamos… Son hechos irrepetibles, muy puntuales, originales y únicos, como esta Marcha Paralela por el río Guareña.

Están protagonizados por personajes ilustres, comprometidos o ladinos, ilusos o visionarios, jefes ocasionales o líderes carismáticos: Wellington, Marmont, Napoleón, Fernando VII…

Estos hechos y sus personajes esquematizan la cronología de un pueblo, y a ellos atribuimos el adjetivo de históricos. 

Pero también, y a la vez, hay otra historia que marcha paralela. La de los pequeños lugares y las personas anónimas, la de la vida de los que sufren o gozan lo que los grandes hechos y personajes dejan señalado en la cronología histórica.

Y esa historia pequeña, sencilla, de gentes humildes y sin renombre es tan importante como la gran historia. ¿Por qué a lo cotidiano no le vamos a llamar histórico? La vida diaria está en conexión directa con los hechos históricos relevantes. Una historia sin la otra no tiene sentido. Mutuamente se tienen que desarrollar y comprender. Ambas marchan paralelas en el río de la vida, en esa guareña eterna que se pierde en la memoria y se abre al futuro expectante.

Y aquí en Castrillo, o en Cañizal, en Olmo o en Vallesa también hubo una marcha paralela de la historia. La historia de los que vivían en estos pueblos, los antepasados de paisanos como Luis, Margarita, Manuel, Vicente, o Sara, o los antepasados de vecinos de este mismo pueblo como José, Natalio, Segundo, Claudia o Josefa… y muchos más, que sin pasar a la historia de los libros, escribieron su propia historia con sudor y esfuerzo, alegría y esperanza. En fin, la historia de los que vivían en estos pueblos en aquellos tensos y dramáticos días del 19 y 20 de julio de 1812. Hoy hace dos siglos.

¿Qué vivieron, qué sufrieron, qué gozaron aquellos hombres y mujeres espectadores de lo que ellos llamaron “la Francesada”, la marcha asoladora de dos ejércitos que en gran medida les eran extraños?

Pensemos en ellos y en su cotidiana historia, paralela a la que se escribe en los libros.

El sol abrasador de julio era el mismo, tanto para los soldados, como para los que estaban haciendo el verano en aquellos días: segando y acarreando cebada o trigo, cuidando los animales (las mulas, las vacas, los bueyes, las ovejas, los cerdos, las cabras…), cuidando los huertos… Ellos estaban haciendo también su historia paralela.

Pero es que además, al trabajo intenso de esos días, de los días del verano, se les añadió el paso de dos ejércitos, con tantos hombres, que en su vida volverían a ver… Y que pasarían tumbando mieses, saqueando casas, robando en los huertos, agotando pozos y manantiales, ya casi secos por esas fechas, arrebatando matanzas, sacando vino de las bodegas, y rebuscando monedas, mantas, colchas y baratijas en las arcas de los ricos de cada pueblo… si es que en aquellas fechas de guerra y desolación todavía quedaba algún vecino al que se le pudiera llamar rico… ¿Qué otra cosa haría la retaguardia de un ejército que tenía que alimentar a 50.000 hombres? 

Incluso aquí en Castrillo fueron testigos de la muerte de numerosos soldados y, tristemente, del incendio de muchas de sus casas. 

Por aquellos días, el amo y el mozo mayor de cada casa grande estarían inquietos porque no podían dar trabajo a sus mozos de mulas, a los gañanes, a los demás criados, y a los temporeros y jornaleros que habían contratado para hacer el verano. ¿Cómo los iban a mandar a trabajar con la que se venía encima? Y además estarían vigilantes a los animales, a las eras que ya tenían parte de la cosecha hacinada, a las paneras casi vacías de grano para el pan de cada día.

¿Qué pudieron hacer en aquellas jornadas las cuadrillas de segadores? Dejarían libre a un rapaz, para que, en vez de atar las gavillas que dejaban en el cerro, o traer el agua en la burra, estuviera atento desde un alto para avisar enseguida al mayoral de la llegada de los soldados, y salieran corriendo a esconderse en un monte cercano o a tirarse de bruces en unas viñas… Recogerían a toda prisa la cabaña de haces y protegerían el compango del almuerzo… ¡Un ejército se les venía encima! En esta situación ya no habría categorías, ni hoz, ni media hoz, ¡todos a correr!

Algunos vecinos ya tendrían parte de la cosecha segada y acarreada, porque casi todos se espabilaban para tener el pan en las eras cuanto antes, pero ¿y a los que no les dio tiempo, y tuvieron que dejar los haces en la tierra? Cuando pasara un escuadrón de caballería y se parara a descansar en la tierra, los caballos darían buena cuenta de la cebada o del trigo recién segado.

Pobres labradores… y sobre todo pobres medio-labradores y pegueros, que se quedaban sin nada para el año.

¿Y qué me decís de las espigadoras, unas viudas y otras mujeres necesitadas, que recogían lo que los segadores no apañaban bien? En días normales se hubieran llevado una saca de espigas olvidadas, pero en estos días, ni se hubieran atrevido a espigar, y si lo hubieran hecho, no habrían recogido ni el regazo del mandil, tan atemorizadas como estaban, pendientes de ver aparecer en medio del campo a los soldados, para huir o esconderse donde pudieran.

¡Y los hortelanos y azadoneros, que ya veían salir frutos en sus parcelas! Seguro que más de un pelotón de soldados se estaría refrescando en los huertos, con los tomates o los pepinos, y sobre todo los melones… o lo que hubiera fresco para llevarse a la boca.

Y el día de la marcha paralela, pocos pigorros o reveceros se aventurarían a ir al prado para llevar la mula que estaba a su cuidado. Y menos aún los pastores contratados, los vaqueros o los muleteros, que al prever la marabunta de soldados, carros, cañones y carretas, esconderían a los animales, en permanente peligro de ser requisados. ¿Y quién se iba a oponer a los soldados armados que se los llevaran, si llegara el caso? ¿Dónde esconderían a los animales? ¿Cómo les harían callar para que no los descubrieran? ¿Los habrían llevado lejos días antes? Porque quedarse sin animales en aquellos días del verano era acabar con las faenas del pan. Aunque quedarse sin cebada, también era como perder los animales, a los que no podrían dar de comer después.

Esta historia paralela no está escrita en ningún libro, pero sí en la memoria de los que la sufrieron, y fue pasando de padres a hijos. “¿Os acordáis de la Francesada? ¡Aquello sí que fue pasarlo mal! ¡Casi nos quedamos sin tener que comer para el resto del año! Ni algarrobas, ni cebada, ni trigo, ni garbanzos. Arramplaron con todo.”

Buen año tuvieron que hacer después los usureros, tal vez no los de estos pueblos, sino los usureros de los pueblos cercanos por donde no pasaron los ejércitos. Tendrían que pedirles grano para simiente y también para hacer pan y alimentar a los animales. Y las medias fanegas que les daban no iban limpias, sino cargadas de trozos de hierro para que pesaran más y se las tuvieran que devolver con intereses. Y también hubo que pedir dinero prestado para pagar los impuestos, dinero que no tenían y que no podían devolver… Eran tiempos de guerra.

Mal lo pasaron los pegueros y medio-labradores, pero peor los colonos, renteros o aparceros que tendrían que rendir cuentas a los administradores, y estos a los terratenientes. Rendir cuentas ¿de qué?, ¿de lo que los ejércitos habían requisado o arrasado a su paso? 

Y también mal lo pasarían los temporeros y trilliques, que se quedaban sin jornal, porque no habría amo para darles pan o trabajo.

El cura estaría metido en su casa, preocupado por el paso de los soldados, que ya se sabía que arramplaban con todo lo valioso que encontraban en las iglesias. ¿Entrarían en la ermita del Santo Cristo de la Salud, o en la de La Virgen de la Cruz, o en la de san Antonio…? ¿Quién sabe si esta vez respetarían hasta lo más sagrado?

Y todavía, alguna cofradía de Castrillo, Cañizal, Olmo o Vallesa, tendría que hacerse cargo del entierro de los soldados que abandonaban los ejércitos, ya fuera muertos en alguna de las refriegas que estaban ocurriendo, o muertos por las fiebres, la disentería y la gangrena.

En el combate de Castrillo o en las escaramuzas de Cañizal, ¿dónde estarían los vecinos? Tal vez atemorizados dentro de sus casas, metidos en las cuadras, escondidos entre la paja, huidos dentro de las bodegas. Probablemente la familia entera estaría con sus cerdos, sus gallinas, las ovejas o las cabras… no podían dejarlas a la mano de los soldados.

Y lo que quedaba de la matanza del año, las longanizas, los chorizos y el tocino, tan necesarios para las labores de estos meses del año, de siega, acarreo y trabajo en la era, ¿en qué pozo, en qué arca, o en qué tinajón lo esconderían? ¿Qué cara de susto tendrían las mujeres y los niños escondidos en cualquier lugar del pueblo, cuando empezaran a sonar disparos, gritos o cañonazos en las cercanías del pueblo, las amas, las criadas, las rollas con los niños pequeños o incluso el ama de cría con un recién nacido en su regazo?

Y el alguacil o el guarda de campo ¿dónde estaría? Seguro que no tenía la conciencia tranquila al ver cómo los dos ejércitos se metían con sus caballos en las tierras sin segar o en el prado y en los huertos. Estaba claro que le era imposible arrestar en el corral de concejo a tanto animal mal guiado que destrozaba lo ajeno.

¡Cuántos jueces de paz y cuántos hombres buenos harían falta para parar aquella quimera, para mediar en aquel conflicto que les era inabarcable. No tenían prudentes consejos para tantos insensatos litigantes.

¿Y qué me decís del pregonero, que seguro no había avisado previamente por las calles de la llegada de todos estos forasteros? Tendría que haber dicho: Se hace saber, que van a venir dos ejércitos, en marcha paralela, vecinos meteos en vuestras casas, guardad los animales y las cosechas, que los que vienen, no son gente de paz y vienen a hacer la guerra… Pero seguro que no le dio tiempo a decir su pregón… 

Algo se habría hablado ya donde el barbero y el herrero, o donde el carretero o el molinero… pero todos habrían dicho que eso le tocaría a otros pueblos, no a los de la Guareña.

Por aquellos días el molinero dejaría la maquila, pararía las muelas, vaciaría la presa y dejaría correr el agua bajo el molino, para que pareciera abandonado, y no se llevaran nada los soldados.

Y el hornero dejaría de hacer pan, que para que se lo lleven sin pagar, no merecía la pena quemar tanta leña.

Y el posadero, ¿cerraría la puerta de su comercio o esperaría a que llegaran los oficiales a ocupar sus aposentos?

¿Qué haría cada vecino del pueblo para sobrevivir a tanta marcha paralela?

Y nos queda recordar a los que no eran de estos pueblos pero pasaban por aquí haciendo sus negocios. ¿Cuándo volverían a pasar los albarderos, los cuberos, los cuebaneros y los afiladores, los cesteros, los cantareros, los estañadores y los hojalateros, los maranchoneros, los aceiteros, los pañeros, los pimentoneros, los triperos y los mieleros…? ¿Cuándo volverían por estos pueblos después de haber sido invadidos por dos ejércitos y haber dejado a los vecinos tan esquilmados, que ya no tendrían negocio alguno que hacer con ellos? Y los trilleros, o los empedradores de las eras… ya no hacía falta que pasaran, porque los paisanos guareñeros no tenían cosecha que trillar, y las eras podían seguir como estaban, que daba lo mismo las piedras que hubieran perdido.

Gentes de la Guareña. No es difícil suponer cómo pudieron quedar estos pueblos después de pasar dos ejércitos en marcha paralela, precisamente en los días del verano, con las mieses en las tierras o en las eras, y las mulas, los bueyes o las vacas en plena faena.

¿Cómo se alteraría la vida de Castrillo, Olmo o Cañizal? O tal vez no se alteró nada, porque quedaron temporalmente abandonados.

Esta es la historia paralela, la historia cotidiana sacudida por la historia de los grandes acontecimientos y los grandes personajes. Son dos historias inseparables.
Una influye en la otra, como está pasando en nuestros días. Ejércitos de mercados de deuda, primas de riesgo y batallones de recortes asolan nuestros pueblos, como en aquellos días pasaron otros ejércitos en marcha paralela. Pero queda la esperanza de superar siempre estos momentos. Y convertir en fiesta y conmemoración los sucesos que marcaron y están marcando nuestra historia

Señor alcalde de Castrillo, Comandante Luis Torrecilla, En el año del bicentenario, gracias por habernos convocado a la Marcha Paralela. Que la historia os lo tenga en cuenta.

He dicho.

IMÁGENES DE LA RECREACIÓN

Reportaje emitido en el programa Zamora Verano” del Canal 8

Entrevista realizada a Luis Torrecilla en el Canal 8 Zamora

Vídeo subido a Youtube por el grupo de Facebook “Cañizal jariega


Álbum de fotos subido a Picasa por Luis Torrecilla (887 fotos). El autor de las fotos es Álvaro Blanco López, el hijo de Tolo (Wellington). Haz clic aquí para acceder.

 

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